En primera persona: la historia de una hermana mayor, del dolor a la esperanza
By Brooke Gentry
Soy la primera en admitir que mi niñez fue maravillosa —más privilegiada que la de algunos, y colmada del amor, alegría, apoyo y educación que todo padre desea poder brindarle a un hijo.
Aun así, a medida que mi hermana menor y yo nos adentramos en el complejo mundo de la preadolescencia, salieron a la superficie signos de problemas de salud mental. En mi caso, mi enfermedad mental culminó en conductas que tal vez sean de esperar para muchos padres de adolescentes agobiados. Si bien admito que me embarqué en conductas riesgosas para enfrentar mi depresión, mi experiencia fue principalmente de angustia adolescente, muy diferente de la de mi hermana.
Sus problemas emergentes de salud mental adoptaron la forma de síntomas que eran ajenos para mis padres y para mí. Desde una temprana edad, exhibió comportamientos extraños y socialmente inaceptables. Su habitación era un tesoro escondido de fotos de mis amigos que no había notado que me faltaban, prendas tomadas de armarios de otras personas y diversos efectos personales, robados u olvidados —acumulados casi como un cuervo colecciona objetos brillantes.
A pesar de estos signos, solo suponíamos que era un poco extraña. Sin embargo, poco después de que me fui de casa para ir a la universidad, un incidente en particular dejó claro que necesitaba ayuda. Ella y mi papá vinieron a visitarme al campus en Maine. Cuando nos despedimos, sentí que la visita había salido de maravilla y que nos habíamos conectado más que en años. Esa sensación duró poco.
Tan solo quince minutos después de que se fueron, mi papá me llamó para decirme que mi hermana había “enloquecido”, que se deslizó hasta la parte trasera del auto y llamó a la policía para denunciarlo. Les dijo que su novio la había secuestrado y que la estaba llevando al aeropuerto. El novio y el aeropuerto que le mencionó a la policía estaban a cientos de millas de distancia. De todos modos, se activó de inmediato una Alerta AMBER en Maine. Pequeños aviones registraron las calles en búsqueda de una adolescente secuestrada; alguien que no existía. La policía detuvo a mi papá, y tanto él como mi hermana fueron entrevistados por separado. Durante la entrevista con mi hermana, reprodujeron su llamada al 911. Ella miró fijamente a los oficiales sin comprender. “No sé por qué estoy aquí”, les dijo. “Esa que habla por teléfono no soy yo”.
Como familia, quedamos totalmente desconcertados. Es cierto, había tenido dificultades antes, pero nunca con delirios. Con el paso de los años, mis padres aprendieron a prever una amenaza de suicidio después del final de cada una de sus relaciones. Se familiarizaron con períodos prolongados de energía intensa y fascinación con un emprendimiento o proyecto nuevo, seguidos de períodos prolongados de improductividad y un estado depresivo.
Mientras mis padres se ajustaban al comportamiento de mi hermana, me invadió el resentimiento. Me molestaba su crueldad, narcisismo e incapacidad de parar de causarle problemas a la que yo percibía como una familia demasiado comprensiva. Hace algunos años, llegué a mi límite y sentí que ya no podía seguir tolerando su comportamiento. Le hice frente y desde ese momento fui el enemigo ante sus ojos.
A partir de entonces, no hemos tenido una relación, así que dependo de lo que mi mamá me cuenta a sus espaldas para asegurarme de que esté bien. Según mi mamá, a mi hermana le iba muy bien cuando empezó la universidad: tenía calificaciones estelares, realizaba prácticas en múltiples lugares y se destacaba en general en todos los aspectos. Recién cuando recibieron una llamada de la universidad, mis padres se enteraron de que no había asistido a clases ni a sus prácticas en semanas. En lugar de eso, estaba encerrada en su departamento. Finalmente, decidió alejarse por un tiempo de la facultad por motivos de salud mental.
Durante ese período, vivió con mis padres y descargó en ellos sus emociones. Su enojo, frustración y falta de empatía se traducían en crueles comentarios, dirigidos a las partes más débiles e inseguras de sus seres queridos hasta hacerlos sangrar. A la larga, mis padres determinaron que ya no podían seguir viviendo con ella. Le compraron un pasaje de avión para que regrese a Nueva York, pero fue retirada del avión antes de despegar por un ataque de histeria.
En ese punto, mis padres estaban perdidos. Pensaron en averiguar cómo mantenerla temporalmente en una institución donde pudiera recibir la atención que necesitaba.
Afortunadamente, sé que mi hermana está mejor ahora y eso me pone feliz. Pero me resulta difícil no alegrarme solo por mis padres, en lugar de alegrarme por ella. Lo que sienten los hermanos de alguien con una enfermedad mental grave (SMI, por sus siglas en inglés) es particularmente difícil, porque les falta el amor infinito e incondicional y la comprensión que un padre puede sentir por un hijo.
Mi frustración y resentimiento hacia mi hermana por hacer penosa y complicada nuestra existencia eclipsó el amor fraternal que sentía durante mucho tiempo... y la culpa que acompaña el resentimiento hacia alguien que lucha contra una enfermedad mental es otro tema.
Habiendo dicho esto, el papel que cumplimos con respecto al apoyo para aquellos que padecen SMI es importante. Este se bifurca, cambia y evoluciona según nuestra posición en la vida de la persona. Ahora, lo que siento por mi hermana es amor y compasión. No sé si necesito perdonarla o si ella necesita ser perdonada, ninguna de sus acciones fue culpa de ella, sin importar qué tan hirientes fueran. Me llevó tiempo darme cuenta de esto y sé que necesitaré todavía más tiempo para reparar nuestra relación. Si bien mi hermana y yo todavía tenemos un largo camino por recorrer, agradezco que mi papel en Treatment Advocacy Center me haga sentir más preparada cada día para aceptarla y entenderla, y saber que su enfermedad no la define.