En primera persona: la criminalización de las enfermedades mentales
Por Karla Jones*
He tenido dos brotes psicóticos, y ambos duraron meses. Me destruyeron la vida: perdí mi casa, mi trabajo, mi auto, e incluso a mis amigos y familia. También tuve varios encuentros con la policía, algunos de los cuales culminaron en la cárcel.
El primer brote psicótico ocurrió en 2014, después de la muerte repentina de mi padre. Durante mi primera hospitalización, me rehusé a recibir medicación y me inyectaron un antipsicótico siguiendo una orden judicial. La segunda vez, me trajeron al hospital después de que me dispararan con un táser. Un vecino llamó a la policía a causa de mi comportamiento errático y cuando aparté rápido mi mano del oficial e intenté caminar en la dirección opuesta, me dispararon dos veces con un táser.
Mi segundo brote psicótico ocurrió en 2018. Me notificaron que había una orden de alejamiento en mi contra mientras estaba en un hospital psiquiátrico y, al no comprenderla, la violé cuando salí. Pasé dos semanas en la cárcel. Cuando salí de la cárcel, me hospitalizaron nuevamente y, después del alta, volví a violar la orden de alejamiento. Me encarcelaron durante cinco meses.
Según el fundador de Treatment Advocacy, el Dr. E. Fuller Torrey, las cárceles y prisiones se han convertido en hospitales de facto para las personas con enfermedades mentales. Es diez veces más probable que las personas con enfermedades mentales sean encarceladas que hospitalizadas, y 18 veces más probable que encuentren una cama en una cárcel que en un hospital público. El 40 % de todas las personas con enfermedades mentales entrarán en contacto en algún momento con el sistema de justicia penal. Y, en el estado donde vivo, la probabilidad de encarcelamiento frente a la hospitalización es de 2,6 a 1. De las 40 000 personas encarceladas, el 17 % tiene una enfermedad mental grave. Según el NIMH, una de cada 25 personas lidia con una enfermedad mental grave que puede causar psicosis. La NAMI informa que tres de cada 100 personas presentan psicosis en algún momento de su vida.
Y, según la bibliografía, la psicosis puede ser una situación difícil de diagnosticar y comprender plenamente. En 2014, un proveedor de cuidados de salud me diagnosticó “duelo complicado”, un diagnóstico que figura en el DSM. Posteriormente, un psiquiatra me diagnosticó episodio depresivo con características psicóticas. Me indicaron un antipsicótico y un antidepresivo. Después de mi segundo brote psicótico en 2018, una evaluación clasificó mi psicosis como “sin especificar” (NOS, por su sigla en inglés). Después, me diagnosticaron trastorno bipolar con características psicóticas. Actualmente, tomo un antipsicótico y un estabilizador del ánimo. A causa de mi experiencia traumática, también me diagnosticaron trastorno por estrés postraumático (PTSD, por su sigla en inglés).
En mi caso, la recuperación ha sido lenta y constante. Inmediatamente después de mi segunda salida de la cárcel, encontré un centro de salud comunitario y empecé a recibir servicios allí. Veo a un terapeuta dos veces al mes y a un psiquiatra cada dos meses y, con la ayuda de ambos, he encontrado medicamentos que me surten efecto. También he encontrado apoyo en un grupo de meditación, donde centrarme en el ahora acalla las imágenes del pasado y las inquietudes sobre el futuro. El yoga ayuda, y también me he transformado en una ávida jugadora de pickleball. Pero sigo sintiendo mucha vergüenza en torno a mi terrible experiencia, y el estigma de tener una enfermedad mental es muy real. Lo que más me avergüenza son las cosas que hice y dije, en especial, la forma en que arremetí contra mis amigos y mi familia.
El psiquiatra me recomendó contar mi historia aquí para iluminar la intersección entre las enfermedades mentales y el sistema de justicia penal. Se trata de un conflicto que debe abordarse a escala nacional, de estado y local. Pero también escribo esto para motivar a otras personas que hayan pasado por una psicosis y decirles que, a pesar de las tragedias y las horribles vivencias, la recuperación es posible.
Otro paso de mi proceso de recuperación es tomar medidas activamente para prohibir que esto vuelva a suceder. Haber completado un documento de instrucciones psiquiátricas previas (APD, por su sigla en inglés) con la ayuda de mi psiquiatra, mi terapeuta y un familiar permite que ahora pueda tomar decisiones sobre mi tratamiento y atención. El documento APD también les permite hospitalizarme sin mi consentimiento si aparecen signos de advertencia. Un problema de mis brotes de psicosis es que tuve un caso grave de anosognosia, la incapacidad de ver que estaba enferma. Si bien creía que mi tía muerta estaba conduciendo una nave espacial para rescatarme en medio de mi lucha contra la materia oscura, no podía ver ni comprender que me encontraba en un estado psicótico.
Como dan fe muchas de las historias de este blog, conseguir ayuda para un ser querido en medio de una crisis que no puede reconocer suele involucrar a las fuerzas de seguridad y al sistema de justicia penal. Mi esperanza es que, al tener un documento APD, mi sistema de apoyo pueda ayudarme a evitar estos encuentros en el futuro.
Escribir este blog me ayuda a dar un paso hacia la reforma del sistema de justicia penal. Si este blog te pareció útil, ¿considerarías dar un paso hacia la mitigación de este conflicto? A escala local, puedes presionar para que la policía reciba capacitación para la intervención en situaciones de crisis (CIT, por su sigla en inglés). A escala de estado, puedes comunicarte con tus representantes electos y alentarlos a respaldar las iniciativas enfocadas en la salud mental. A escala nacional, puedes donar a organizaciones como Treatment Advocacy Center, NAMI y NIH, que apoyan los esfuerzos para descriminalizar las enfermedades mentales. Un viaje de mil millas comienza con un pequeño paso.
*El apellido de la autora se modificó para preservar su anonimato.
Karla Jones es una escritora, investigadora y defensora de la salud mental con un doctorado en religión.